En medio de una crisis ambiental que no cesa, un grupo de mujeres organizadas en torno a Mujeres del Buen Vivir ha asumido un rol protagónico en la defensa de la bahía de Quintero y Puchuncaví. Durante los últimos años, especialmente tras las múltiples intoxicaciones masivas de niños y adultos, estas guardianas del territorio han denunciado la inacción estatal, exigido responsabilidad a las empresas instaladas en la “zona de sacrificio” y luchado por la recuperación ecológica y sanitaria del entorno. Entre ellas, Tania Zúñiga, representante de organizaciones funcionales en la Mesa de Recuperación Ambiental, emergió como una voz clara y persistente en un contexto marcado por la desesperanza y el abandono institucional.
Tania no nació en la zona, pero su vínculo con la bahía se forjó desde la infancia, cuando veraneaba en lo que hoy recuerda como playas de arena blanca y aguas abundantes en vida marina. Al instalarse definitivamente en Puchuncaví, fue testigo del deterioro progresivo: la desaparición del pescado, los olores insufribles de las plantas industriales y, lo más doloroso, los problemas respiratorios crónicos de sus hijos. “A mis hijos los tuve con bronquitis todos los inviernos y mi hija tenía asma”, relata, señalando que esa experiencia personal marcó su compromiso activo con la causa ambiental.
Su activismo, sin embargo, tiene raíces políticas más profundas. Hija de un trabajador de la reforma agraria de Allende, Tania se define como “media rebelde, revolucionaria y activista” desde joven. Participó en las primeras marchas en Ventanas, se vinculó con otros líderes comunitarios como Hernán Ramírez y comenzó a informarse sobre la red de termoeléctricas, fundiciones y otras que rodean la bahía. “Ahí me enteré de cuántas termoeléctricas había, de Codelco y otras fuentes contaminantes y todo lo que estábamos respirando”, dice, subrayando lo que llama “un cóctel de contaminantes” imposible de clasificar, incluso para las autoridades.
Desde su perspectiva, no existe una única fuente de contaminación, sino una combinación tóxica que afecta especialmente a los más vulnerables. “Los niños no pueden naturalizar el dolor de cabeza como lo hacemos los adultos”, explica con angustia. A su juicio, la pobreza y la identidad territorial agravan la situación: la comunidad vive con la “mochila de contaminación” a cuestas, lo que desgasta la voluntad colectiva de resistir. Pese a ello, Tania y otras mujeres han mantenido viva la organización a través del Consejo Regional de Salud Ambiental (CRAS), donde se ha logrado una alianza transversal, más allá de colores políticos, en torno a un objetivo común.
El rol de las mujeres en esta lucha es, para Tania, fundamental. Nombra a María Araya, María Rosa y Elena como ejemplos de luchadoras incansables. “Somos re luchadoras las mujeres”, afirma, reconociendo que su presencia en la primera línea ha sido clave para mantener la presión social. Aunque admite que algunas acciones han tenido poca visibilidad real, celebra el compromiso constante de quienes, como ella, han estado presentes en tribunales, movilizaciones y mesas de diálogo con autoridades y empresas.
En ese sentido, su balance es crítico: pese a años de denuncias, recursos de protección y comisiones fiscalizadoras —incluidas visitas de senadores, ministros e incluso el presidente—, los resultados concretos son casi nulos. “No hemos logrado nada”, sentencia. La normativa ambiental sigue siendo laxa, y la única norma impulsada tras las crisis, la de benceno, resulta insuficiente ante la complejidad del problema. Para Tania, el verdadero cambio debe venir de la conciencia de las propias empresas: “Pasan los gobiernos, ustedes y nosotros nos quedamos aquí con los niños intoxicados”.
Esa llamada de urgencia ha dado lugar a iniciativas como la “mesa del aire”, donde, junto a representantes como Nils y don Jaime Ramírez de Concón, intentan monitorear emisiones y exigir a las industrias que bajen sus niveles de operación cuando hay riesgos. Aunque reconoce que la desconfianza es alta —“no les creemos a nadie”—, insiste en la necesidad de construir puentes, siempre desde la exigencia. “Que inviertan en las mejores tecnologías disponibles, como las que existen en Alemania”, reclama, criticando que ni el Estado ni las empresas cumplan su rol de “buenos vecinos”.
La figura del delegado presidencial, por su parte, ha sido decepcionante. Tras dos gestiones, Tania concluye que faltó voluntad real y capacidad de incidencia. “Muchas veces teníamos que llamarlo nosotros para que hiciera algo”, recuerda, evidenciando la pasividad del aparato estatal. Lo mismo ocurre con los parlamentarios: “vienen en campaña, hacen ruido, y luego desaparecen”. Ni siquiera el actual gobierno, autoproclamado “ecológico”, ha logrado revertir esta tendencia.
A pesar de la frustración acumulada, Tania conserva una esperanza tenaz. “Llevo 12 años en el CRAS y no me voy a cansar”, dice, inspirada por sus cinco hijos —entre ellos un ingeniero ambiental y un agrónomo— a quienes ha inculcado el respeto por la tierra. Ve en los jóvenes una mayor conciencia ecológica y apuesta por sembrar esa semilla en toda la comunidad. “Cada uno debe plantar el árbol que corresponde”, propone como acto de resistencia cotidiana.
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El apoyo externo, reconoce, es urgente: financiamiento para monitores de aire, asesoría técnica, fortalecimiento legal y cobertura periodística rigurosa. “Los medios pueden ayudar, pero ya ha salido tanta información…”, reflexiona, señalando que la clave no está en visibilizar más, sino en generar voluntad política real. El mayor peligro, advierte, es que nuevos megaproyectos —como el hidrógeno verde— se instalen en la bahía bajo la lógica de la “zona de sacrificio”, donde “ya tenemos la escoba, sigamos poniendo cosas”.
Para Tania, la bahía no es solo un ecosistema: es memoria, identidad y un sueño truncado de desarrollo turístico sostenible. Por eso, su llamado final es universal: “Estamos destruyendo nuestra tierra a todos los niveles. Tenemos que parar, cuidar el planeta, porque no estamos dejando futuro a las próximas generaciones”. En medio del humo y la indiferencia, su voz —y la de las Mujeres del Buen Vivir— sigue siendo un faro de dignidad y resistencia en la bahía envenenada.
Guardianes Del Medio Ambiente
Proyecto financiado por Fondo de fomento de medios de comunicación social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional



