En medio de una crisis ambiental crónica que se ha prolongado por décadas, vecinos organizados de Quintero y Puchuncaví denuncian el abandono del Estado, los daños irreversibles al ecosistema costero y los impactos sanitarios invisibilizados. Esta lucha, liderada por ciudadanos como Luis Cisternas Olivares del Colectivo Ciudadanos Vecinos en Acción, tomó forma tras la irrupción de megaproyectos industriales que fracturaron el tejido social y ambiental del territorio.
Hace más de una década, Luis Cisternas vio cómo el proyecto del terminal GNL interrumpía un sendero ancestral en la península de Quintero, usado por generaciones para caminar entre Quintero y Ventanas. Ese acto de ocupación simbolizó una ruptura que lo movilizó junto a otros vecinos a formar la Coordinadora por la Defensa de Quintero Puchuncaví, una instancia que, lejos de ser efímera, se convirtió en un referente de resistencia comunitaria frente a la expansión industrial desmedida.
Con los años, el deterioro del entorno natural se volvió imposible de ignorar. La playa del Manzano —hoy conocida como playa de los pescadores— muestra signos progresivos de descomposición, con el mar rebasando zonas que antes formaban parte de una extensa franja costera. Esta transformación no es solo paisajística: el suelo, el aire y las áreas verdes han sufrido un deterioro acumulado que altera la vida cotidiana y la salud de los habitantes.
Uno de los relatos más dolorosos que emergen de esta lucha es el de la muerte de su hermana, fallecida a los 42 años por cáncer, sin antecedentes genéticos ni factores de riesgo conocidos. Luis recuerda que en su juventud escuchaba hablar del cáncer como la causa principal de muerte en Quintero, algo que le parecía lejano hasta que lo vivió en carne propia. Aunque no cuenta con pruebas médicas concluyentes, su testimonio refleja una realidad compartida por muchas familias de la zona.
La percepción sensorial del daño ambiental también ha cambiado con el tiempo. De niño, recuerda un sabor metálico constante en el aire, una señal inequívoca de contaminación. Hoy, ese sabor ha desaparecido, pero el daño es más sutil y profundo: antes eran vergeles, como los maitenes, se han convertido en desiertos vegetales. Pescadores y campesinos coinciden en que el territorio ya no es el mismo, y que la vida silvestre ha desaparecido en muchos sectores.
Empresas como Oxiquím y Copec son señaladas como responsables emblemáticas de este deterioro. Para Luis, su llegada a la zona fue una “invasión” no solicitada, especialmente en el caso de Copec, que trasladó sus operaciones desde un barrio acomodado de Viña del Mar. La política clientelar de estas industrias, según denuncia, ha fragmentado a la comunidad, creando dependencias que obstaculizan la unidad necesaria para exigir justicia ambiental.
La idea de que las comunidades han sido tratadas con equidad es, para él, una ficción. Aunque algunos sectores han recibido beneficios puntuales, no existe una respuesta integral del Estado. Esa indiferencia ha alimentado propuestas como la creación de la provincia del Mauco, que agruparían a Quintero y Puchuncaví para exigir autonomía y visibilidad frente a las autoridades regionales y nacionales.
La pobreza y la identidad territorial marcan quiénes sufren más. Nacer pobre en un territorio de sacrificio multiplica las vulnerabilidades: desde la exposición a contaminantes hasta el deterioro psicológico y emocional. Estudios de la Universidad de Valparaíso ya alertaban sobre el impacto en la salud mental de vivir bajo la constante amenaza de emergencias ambientales y la incertidumbre sobre el futuro.
A lo largo de los años, han surgido múltiples formas de organización: asambleas, coordinadoras, cabildos. Sin embargo, ninguna ha logrado consolidar un frente común capaz de presionar con eficacia. La protesta, aunque necesaria, ya no basta. Hace poco, incluso tomaron el Ministerio del Medio Ambiente en Santiago para visibilizar su lucha, pero el poder estructural sigue resistiéndose a escuchar.
En este escenario, el papel de las mujeres ha sido fundamental. Ellas han liderado movilizaciones, defendido causas sensibles desde una perspectiva protectora y materna, y se han convertido en voceras emblemáticas. Su valentía, dice Luis, ha sido clave para mantener viva la llama de la resistencia en momentos de desesperanza.
El Estado, por su parte, ha respondido «con forma en derecho»: cumpliendo lo mínimo que exige la ley, sin empatía ni reparación. Autoridades como el delegado presidencial regional y el delegado para la zona son vistos como cómplices ausentes, más preocupados por gestionar la crisis que por resolverla. Esta actitud de desprecio ha generado una profunda desconfianza en la institucionalidad.
Más allá del daño ecológico, la bahía es memoria, identidad y raíz. Para Luis, representa siglos de historia: culturas indígenas, jesuitas, tradiciones marítimas y un modo de vida que hoy está en peligro de extinción. Por eso, su lucha no es solo por aire limpio o agua potable, sino por la posibilidad de seguir existiendo como pueblo.
También podrías querer leer: Quintero invita a disfrutar del Concierto de Navidad abierto a toda la comunidad en la Casa Estación
También podrías querer leer: nuestro medio asociado Aconcagua al Día
Exigen una ley especial para Quintero Puchuncaví, concebida desde el territorio y con presupuesto propio. Pero saben que, sin apoyo legal, técnico, comunicacional y financiero, sus voces seguirán siendo ignoradas. En ese contexto, los medios de comunicación tienen un rol indispensable: no solo informar, sino construir narrativas que restituyan la dignidad de quienes defienden la vida frente al poder industrial.
Su mensaje al país y al mundo es claro: no se puede permitir que el dinero siga matando comunidades enteras en silencio. Y aunque el sistema parece inamovible, su resistencia persiste, no por optimismo, sino por lealtad a quienes ya no están y a quienes aún tienen derecho a un futuro en su tierra.
Guardianes Del Medio Ambiente
Proyecto financiado por Fondo de fomento de medios de comunicación social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional



