La Bahía de Quintero-Puchuncaví lleva décadas respirando veneno. No es una metáfora: es una realidad cotidiana para miles de personas que viven bajo la sombra de una industria que, con la complicidad del Estado, ha convertido su territorio en una zona de sacrificio. Año tras año, brotes de intoxicación masiva, niños hospitalizados, escuelas cerradas y comunidades en estado de alerta se repiten como un trágico ritual. Y, sin embargo, el poder sigue actuando con una mezcla de indiferencia burocrática y opacidad deliberada. tóxico
Uno de los casos más emblemáticos —y escandalosos— es el de Oxiquim entre otras, empresa que, pese a estar vinculada históricamente a episodios de contaminación severa, no ha sido fiscalizada de manera efectiva ni transparente. En pleno 2025, mientras el país se enorgullece de sus avances en justicia ambiental y transparencia, seguimos sin acceso a información básica: ¿cuándo fue la última fiscalización? ¿Qué hallazgos se registraron? ¿Qué sanciones, si es que hubo alguna, se aplicaron? Las respuestas brillan por su ausencia.
Y aquí entra en escena el delegado presidencial para Quintero y Puchuncaví, Cristian Cáceres, figura clave en la gobernanza local y representante directo del Ejecutivo. Su rol no es solo administrativo: es político, ético y, sobre todo, de protección de los derechos humanos. Sin embargo, en Quintero-Puchuncaví, ese rol se ha diluido en comunicados genéricos, promesas incumplidas y una negativa sistemática a entregar información a los medios locales. ¿Por qué?
La respuesta no es técnica, sino de poder. Transparentar las fiscalizaciones —especialmente las que no se han hecho— implicaría reconocer fallas del Estado, exponer responsabilidades políticas y, en última instancia, abrir la puerta a demandas ciudadanas que ya no se pueden ignorar. El silencio, en este contexto, no es neutral: es cómplice.
Los medios locales como La Bahía on Line, han insistido una y otra vez en solicitar datos concretos. Sus solicitudes, son ignoradas o respondidas con evasivas. Mientras tanto, las comunidades siguen esperando respuestas que nunca llegan, mientras el aire que respiran se carga con compuestos tóxicos cuyos nombres ni siquiera conocen.
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Quintero-Puchuncaví no necesita más estudios ni más mesas de trabajo. Necesita acción contundente, rendición de cuentas y transparencia real. El delegado presidencial tiene la obligación moral y legal de romper este muro de silencio. Si no lo hace, está eligiendo, una vez más, el lado de la contaminación antes que el de la gente.
En una democracia, el derecho a saber es inseparable del derecho a vivir con dignidad. En la Bahía, ambos están en peligro. Y mientras el Estado se esconda tras la opacidad, seguirá siendo parte del problema —no de la solución. tóxico



