En una noche que quedará grabada en la memoria de sus seguidores, Joaquín Sabina se despidió del público chileno con un concierto cargado de emoción en el Movistar Arena. A sus 76 años, el cantautor español ofreció mucho más que un recital: puso sobre el escenario su historia, su vida entera hecha canción. Con su gira Hola y adiós, Sabina cierra un círculo que comenzó hace cinco décadas en los bares de Londres, consolidando una carrera que lo convirtió en un género en sí mismo.
La despedida comenzó con el videoclip de El último vals, donde Sabina aparece junto a Andrés Calamaro y Ricardo Darín, entre guiños al whisky, la amistad y la despedida. Luego, apareció él: sombrero blanco, traje negro, cruzando las piernas como un viejo poeta. Lo acompañó una banda de lujo, con nombres como Mara Barros —quien brilló con luz propia en Camas vacías—, Antonio García de Diego y Jaime Asúa, viejos cómplices del trovador.
Sabina hiló una selección de temas que son ya parte del ADN sentimental de varias generaciones. Lágrimas de mármol abrió la noche con la voz rota del que ha sobrevivido a todo. Sonaron himnos como Mentiras piadosas, Calle Melancolía, 19 días y 500 noches y Y nos dieron las diez, mientras el público coreaba cada verso con devoción. Hubo espacio también para homenajes a la poesía chilena, con menciones a Parra, Huidobro, Lihn y Zurita. Del mismo modo señaló que el Chile que ama es el de Violeta Parra y Víctor Jara.
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El concierto cerró con un encore cargado de nostalgia, donde se lucieron joyas como Tan joven y tan viejo, La canción más hermosa del mundo y Contigo, esa declaración de amor sin promesas eternas, pero con toda la verdad que cabe en una guitarra. Así, Joaquín Sabina se despidió de Chile: sin fuegos artificiales, pero con el alma expuesta. Porque, aunque diga adiós, sus canciones seguirán cantándose donde haya una herida abierta, un bar con luz tenue o un corazón que no olvida.



