El 13 de mayo de 2025, Uruguay y el mundo entero se vieron consternados por la muerte de José «Pepe» Mujica, ex presidente de la República (2010-2015), guerrillero y referente de la izquierda latinoamericana. Falleció a los 89 años, dejando una profunda huella en la historia política y social de su país. En un contexto de profunda admiración, diversas personalidades internacionales se unieron para rendir homenaje a este hombre, cuya vida marcó un antes y un después en la política del continente.
El velatorio de Mujica se lleva a cabo en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, un espacio cargado de simbolismo, donde se extenderá hasta las 14:00 horas del jueves 15 de mayo. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva, el jefe de gobierno español Pedro Sánchez, y la expresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, fueron algunos de los mandatarios que viajaron para rendir su último adiós. El presidente Gabriel Boric también estará presente, como una muestra de la conexión entre Mujica y la política chilena.
El jueves 15 de mayo, el cuerpo de José Mujica sería cremado en la empresa Martinelli, cumpliendo así con los deseos del expresidente. Este último acto cerró una vida de lucha, resistencia y compromiso con las causas sociales, valores que estuvieron siempre presentes en su discurso y su accionar político.
Un aspecto personal que destacó durante su vida fue el vínculo inquebrantable con su perra «Manuela», una mascota que se convirtió en una figura emblemática de su cotidianidad. La relación entre ambos fue profundamente simbólica, y Mujica llegó a confesar que quería ser enterrado junto a ella, quien había sido su compañera fiel durante muchos años. Manuela, una perra que perdió una de sus patas en un accidente, tuvo un lugar central en su vida, tanto en lo privado como en lo público.
El amor de Mujica por Manuela fue tan grande que, en una entrevista, su esposa Lucía Topolansky relató cómo él preparaba la comida para ella con cariño, detallando cada gesto hacia su mascota. En su último período de vida, Mujica había dejado claro que la perra representaba para él una de las relaciones más puras y sinceras que había cultivado a lo largo de su vida. El vínculo con ella reflejaba su conexión profunda con los seres más simples y genuinos.
Lucía Topolansky, su esposa y compañera de toda la vida, fue otra figura central en la trayectoria de Mujica. Su relación comenzó en la guerrilla del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) Tupamaros, y a lo largo de los años se consolidó como un vínculo indestructible. Ambos compartieron no solo el amor romántico, sino también una militancia política que los unió en la lucha por la libertad y la justicia social.
Topolansky se destacó como una figura política clave durante la presidencia de Mujica, desempeñándose como senadora y siendo su compañera tanto en lo personal como en lo político. Durante el velatorio, Topolansky expresó su pesar y recordó cómo, a pesar de los años y las dificultades, Mujica siempre se mostró firme en sus convicciones y su amor por la militancia.
El 1 de marzo de 2010, Mujica asumió la presidencia con un acto simbólico que reflejaba la complicidad de ambos en la política. Fue Topolansky quien le tomó juramento, marcando el inicio de una presidencia que cambiaría la historia de Uruguay. Mujica siempre destacó que su relación con Lucía era como una «dulce costumbre», un amor que había crecido en el tiempo y en medio de las luchas por la justicia social.
La pareja compartió no solo una vida de militancia, sino también un proyecto de vida en el campo. Después de la dictadura uruguaya, Mujica y Topolansky decidieron mudarse a una chacra en Rincón del Cerro, donde cultivaron flores y vivieron una vida sencilla. A pesar de la fama y el poder alcanzado por Mujica, nunca renunciaron a sus raíces y a la vida que habían elegido juntos.
José Mujica dejó un legado imborrable, no solo por su lucha política, sino también por su forma de entender la vida. «El amor tiene edades», solía decir, refiriéndose a la relación que mantuvo con Topolansky. A lo largo de su vida, Mujica se dedicó a luchar por un mundo mejor, aunque él mismo reconocía que «no cambió un carajo». Sin embargo, se fue satisfecho por haber gastado su vida soñando, peleando y luchando por sus ideales.
La muerte de José Mujica no solo marcó el final de una era en la política uruguaya, sino que también fue un recordatorio de que la vida de las personas está llena de sacrificios, pero también de momentos de amor y esperanza. A pesar de no haber tenido hijos, Mujica siempre expresó su satisfacción por la vida que construyó junto a su amada Lucía, y por el legado que dejó en la historia de Uruguay.
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Su legado, además, es una invitación a reflexionar sobre la importancia de vivir con principios, de luchar por un mundo más justo y de valorar las pequeñas cosas de la vida, como el amor incondicional de una mascota. Con su partida, Uruguay y el mundo pierden a uno de los líderes más emblemáticos de la historia reciente, pero su ejemplo perdurará por generaciones.



